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Burgos en la memoria

Las ciudades en las que hemos vivido dejan en nosotros un recuerdo indeleble. Pasado el tiempo, cuando volvemos a ellas, nos reencontramos con lo que fuimos: recuerdos, imágenes… ; hechos que parecían olvidados, vuelven a nuestra memoria.

Viví en Burgos desde los 9 hasta los 16 años, a principios de los años 70. La ciudad que recuerdo es la que conocí en aquellos años. Con el tiempo las ciudades van cambiando hasta hacerse a veces irreconocibles a los ojos de sus antiguos habitantes. Las calles se transforman. Viejos edificios en ocasiones son derribados para dar lugar a otros o a nuevos espacios que nada tienen que ver con ellos. Cines o tiendas que formaban parte de una realidad que vivimos, desaparecen sin dejar rastro.

Es el caso de esta singular ciudad castellana que, como muchas otras, ha cambiado mucho. Cuando ocasionalmente he vuelto a Burgos he podido comprobar esos cambios.

La catedral de Burgos

En una de esas visitas de hace años, una de las cosas que más me llamó la atención fue el color de la catedral. Tal vez sea algo sin demasiada importancia, pero ese cambio me resultó muy llamativo. Burgos cuenta con una impresionante catedral gótica que recuerdo con un color grisáceo ceniciento. A fuerza de verlo me resultaba familiar. Nos acostumbramos a ver las cosas de una determinada forma y nos parece imposible que puedan ser de otra. Fenómenos asociados al paso del tiempo dieron a la piedra ese tono tan característico que costaba imaginar que la catedral pudiera tener otro color. La restauración hecha hace algunos años, devolvió a la piedra un color muy distinto del que yo recordaba.

Como suele ocurrir en las urbes que cuentan con una catedral, la de Burgos tenía el encanto de poder verse desde muchos lugares de la ciudad. Su majestuosa presencia se hacía notar. Desde las zonas altas, en especial desde el cerro del viejo castillo, destacaba imponente sobre el resto de los edificios.

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Catedral de Burgos
Catedral de Burgos (Fuente: España ¡Que hermosa eres! Editorial Mateu, Barcelona)

Pero si la vista desde el exterior era grandiosa, el acceso al interior de la catedral suponía sumergirse en un mundo dónde lo artístico y lo religioso se entremezclaban en cualquier dirección que se mirara. La puerta de entrada más habitual por la que solía entrar era la del Sarmental.

En el centro del crucero de la catedral se encuentra el sepulcro del Cid y de su esposa Jimena. También podemos ver en su interior el Museo Catedralicio y el Museo Arqueológico. De especial interés es la espléndida capilla de los Condestables – don Pedro Fernández de Velasco y su esposa doña Mencía de Mendoza, Condestables de Castilla – donde descansan sus restos.

Puerta del Sarmental
Puerta del Sarmental (Fuente: España ¡Que hermosa eres! Editorial Mateu, Barcelona)

La otra puerta, la de Santa María, daba acceso a un espacio en el que alzando la vista se podía ver el Papamoscas: un reloj con un autómata en su parte superior, que al dar las horas, tañía una campana y habría la boca. A su lado, otro autómata de menor tamaño situado en un pequeño balcón, daba los cuartos mediante dos campanas. Ver como cobraban vida los autómatas al llegar la hora de hacer sonar las campanas era todo un espectáculo. Años después, en alguna visita a Burgos, tuve ocasión de escuchar unos instantes lo que decía un guía en esa zona de la catedral en la que en lo alto se podía ver al Papamoscas. Su comentario, un poco despectivo, sobre la insignificancia de aquel reloj  – que tanta gente miraba con curiosidad -, me llamó la atención.

Arco de Santa María

Arco de Santa María
Arco de Santa María (Fuente: España ¡Que hermosa eres! Editorial Mateu, Barcelona)

El Paseo del Espolón era otro lugar muy popular de la ciudad, ideal para pasear.  Al final del paseo, en la zona más hacia el oeste, se encontraba el Arco de Santa María. Originariamente una de las puertas de entrada que atravesaba el recinto amurallado de la ciudad. Puerta que fue transformada en el siglo XVI por Francisco de Colonia y Juan de Vallejo quedando con el imponente aspecto que vemos hoy. Erigido en honor de Carlos V, en el figuran las estatuas del Emperador junto a las de Nuño Rasura, Laín Calvo, el conde Diego Porcelos, el conde Fernán González y el Cid.

A los pies del viejo castillo fue creciendo la ciudad. Según el historiador Don Salvador Andrés Ordax el origen la ciudad de Burgos data del año 884. Leemos en su obra Guía de Burgos, (Ediciones Lancia, 1990):

[…] “Hay testimonios remotos, prehistóricos y protohistóricos, que indican el asentamiento de algunos grupos humanos en el lugar donde se levanta la ciudad de Burgos, entre el río Arlanzón y el cerro que lo domina al norte, pero las noticias históricas arrancan en el siglo IX.

La primera etapa de la vida de la ciudad comprende desde el año 884 hasta finales del siglo XII. Había en el siglo IX un “praesidium” cuyo dominio disputaban cristianos y musulmanes. Se considera como fundador de la ciudad al conde Diego Porcelos, que en el año 884 conquistó este lugar y lo fortificó, dentro del conjunto de jalones del dominio cristiano en la zona NE de la cuenca del Duero (Amaya, Ubierna, Castrojeriz…). […]

La Salle y el Instituto Conde Diego Porcelos

De los años escolares, el primero de ellos fue en en el colegio La Salle, del que recuerdo especialmente a dos profesores: uno fraile, el otro seglar.

El fraile se aplicaba con maestría en el arte del castigo a los alumnos díscolos. Su método consistía en sujetar con una mano la cabeza del merecedor de castigo, al tiempo que con la otra le atizaba una torta de las que hacen época. Se ve que para no errar el tiro, el buen fraile había depurado a fondo el método y no solía fallar en el reparto de las tortas. A pesar del tiempo transcurrido guardo su imagen dando tortas, pero su cara se ha borrado totalmente de mi memoria.

Después vinieron los años del bachiller en el instituto que llevaba el nombre del fundador de la ciudad: Instituto de enseñanza media Conde Diego Porcelos. Solo para chicos. Eran otros tiempos.

Recuerdos emotivos de aquellas clases, y de algunos profesores: Una profesora de francés que enseñaba requetebien, un profesor de lengua que confiaba en sus alumnos, y tras cada examen éramos nosotros mismos los que nos poníamos la nota tras darnos el las respuestas correctas. Aquella inusual confianza en sus pupilos siempre me pareció digna de una buena persona. Los malos suelen ser desconfiados: «Cree el ladrón que todos son de su condición», dice el refrán.

Instituto Conde Diego Porcelos
Instituto masculino de enseñanza media Conde Diego Porcelos. Fotografía de 1967. (Fuente de la imagen: www.cincuentenarioporcelos.com)

Había una profesora de Literatura  – la llamábamos, en nuestra jerga estudiantil «la Villar» – que hacía atractiva la asignatura. Durante dos años, se daban los preceptivos cursos de latín. A la «profe»  que decía de si misma que «ser rosa de invierno», le gustaba tener las ventanas de la clase siempre abiertas. Incluso en invierno. No parecía importarle el frío. Poco tiempo después, en los planes de estudio de toda España desapareció el latín. Algún «sabio» debió considerar que los jóvenes no debían perder el tiempo estudiando lenguas muertas. Hoy pienso en lo estupendo que habría sido que en vez de 2 años de estudio de latín hubiésemos estudiado muchos más. No se hizo la miel para la boca del asno, ni es buena cosa que los brutos redacten planes de estudio.

Los cines

Los cines son otro de los recuerdos entrañables de los años 70.  En uno de ellos, el Calatravas vi aquella famosa película que se titulaba “El coloso en llamas”. Este cine estaba en lo que consideraba la otra parte de la ciudad, al otro lado del Arlanzón. Una zona que frecuentaba menos.

Al final de la avenida del Cid había una pequeña sala de cine. Era como un cine de barrio en el que – creo recordar- los sábados y  domingos por la tarde se pasaban películas.

Cines Tívoli y Cordón
Cines Tívoli y Cordón. (Fuente: blogochentaBurgos)

Otros cines de grato recuerdo eran el Tívoli y el Cordón, ambos en la misma calle uno al lado del otro. El Tívoli tenía una sala no muy grande; el Cordón era todo un teatro en el además de cine, había actuaciones como la que pude ver hacia 1975 del polifacético Pedro Ruiz. En ella, en su faceta de actor e humorista, imitaba a un variado número de personajes, sobre todo de la política del momento, que empezaban a estar de moda. Eran los tiempos de lo que después se llamaría «La Transición».

Otro cine no muy lejos de los dos anteriores era el Rex.

Fiestas de San Pedro y San Pablo

El 29 de junio se celebran las fiestas de San Pedro y San Pablo en la ciudad de Burgos, que se prolongan durante varios días.

A la izquierda vemos la portada del catálogo de ferias y fiestas correspondiente al año 1985.

Los Gigantillos

Estos dos personajes populares de cartón piedra desfilan por las calles de Burgos durante las fiestas de la ciudad. Leemos en la web del ayuntamiento de Burgos: […] «Fueron creados en 1899. Un incendio los destruyó en 1973, siendo recuperados más tarde por iniciativa del ayuntamiento» […].

Descripción de sus atuendos que hacen en la web del ayuntamiento de Burgos: […] «Representan una pareja serrana de 2,40 metros de altura y 60 Kg. de peso. El gigantillo viste amplia capa parda, ancho sombrero velludo, camisa blanca y lleva en la mano una vara de fresno. La gigantilla viste jubón abierto, con cuello y manga de terciopelo, chambra blanca -blusa femenina en la moda del siglo XIX- con falda de vuelo de colores pardos, delantal largo, mantón serrano y enjoyada con pendientes de bolas a juego con el collar del que pende una cruz. El contoneo de la gigantilla al andar y su gracioso baile junto al gigantillo animan los pasacalles del Corpus, Curpillos y fiestas de San Pedro convirtiéndoles en unos de los personajes más entrañables de Burgos» […].

Se extrae del referido catálogo de fiestas el siguiente texto escrito por  Don Jesús María Jabato Saro.

La hora de Burgos

Por Don Jesús María Jabato Saro

(Fuente: Catálogo de ferias y fiestas de 1985, editado por el ayuntamiento de Burgos).

Lentamente caen las horas del tiempo. Pero el tiempo – recordemos al Padre Feijóo- ¿es sustancia o accidente?. Si sustancia, dígasenos en qué parte del Mundo existe. Si, accidente, como es preciso  que sea inherente a alguna sustancia, sobre esa sustancia se repite la misma pregunta. Por este camino llegaríamos tan lejos que no acabaríamos  nunca y vendríamos a carecer de lo que íbamos buscando, es decir de tiempo para saber si el tiempo e sustancia o accidente. Si sustancia, etc. Si accidente…

Para poder abarcar el tiempo, el hombre ha tenido que parcelarlo. Y así surgen los años, los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos. Y los lustros y los siglos y las eras. Y la mañana y el mediodía. Y la tarde y la noche. Y lo duradero y lo efímero. Y lo fugaz y lo eterno. Y el pretérito y el pasado. Y el hoy y el mañana y el nunca y el siempre.

Hay «tiempos» en la música -largo, maestoso, presto,rondó-, tiempos en el deporte, buen o mal tiempo -espléndido, lluvioso, variable, ventoso, tropical-, tiempos gramaticales, tiempos litúrgicos, tiempos modernos, tiempos «muertos», tiempos inmemoriales y tiempo perdido.

Hay cosas que se hacen fuera de tiempo, otras que tienen como finalidad matar el tiempo, pasar el tiempo o perder el tiempo y otras que se hacen de tiempo en tiempo.

Lo cierto es que el tiempo transcurre independientemente de cualquier fenómeno o acontecimiento que tenga lugar en la naturaleza; es decir, los cambios ocurren en el tiempo, pero ellos mismos no son el tiempo.

El Papamoscas
El Papamoscas

La medida del tiempo -las horas- nos la dan los relojes del hombre o el reloj de la Historia. De entre los primeros, y ya que estamos en Burgos, recordemos al Papamoscas, de renombre universal, tan lejos de la clepsidra como del cuenta-instantes atómico. Dicen que inspiró a Víctor Hugo, que su esfera es de lava de volcán, que tiene piedras de ágata en el áncora del escape y que mandado «facer» por D. Gonzalo, Obispo de Burgos, alaba al Dios verdadero, convoca al pueblo, congrega al clero, ahuyenta a Satanás, llora a los muertos y alegra las fiestas, tal como reza en latín la campana mayor.

Si bien merecida fama ganó el Papamoscas, no menos la tuvo en su tiempo el reloj de la catedral, colocado en este templo en 1384, Según un documento de 20 de agosto de dicho año, conservado en el Archivo Municipal, se llegó a un acuerdo entre el Ayuntamiento y el Obispo de Burgos mediante el cual el primero entregó la cantidad de 4000 maravedises «para pagar en ayuda de un rellojo que nos facemos facer en la dicha cibdad en la Iglesia Mayor de Santa María para que tanya a todas las horas del día e de la noche».

Un año más tarde fue colocado este reloj en la catedral, «ocho años antes – según Albarellos- que los de las ciudades que se disputan la máxima antigüedad en España». Este reloj no existe en la actualidad y no tuvo nada que ver con el Papamoscas.  Según Pastor y Más, el reloj más antiguo que conocemos hasta ahora en ESpaña es el inaugurado en Tortosa en 1378, firmado por «Johannes Alemanus, magister operis orlogiorum», siguiéndole en fecha el reloj a que hemos hecho referencia, instalado por acuerdo del Cabildo.

En 1519 se habla de otro reloj en el acta capitular de la Catedral de 30 de septiembre, también anterior al Papamoscas, aunque lo más probable es que nunca llegó a confeccionarse.

Las horas de los relojes del hombre se van como vienen. Son, mientras «caen». Luego se pierden en el más allá.

Por el contrario, las horas del reloj de la Historia permanecen. Cada nación, cada pueblo, tiene su hora que se registra en la gran esfera de lo intemporal, allí donde se acumula ordenadamente el pasado y se computa el futuro, que no es otra cosa que una gran bola de cristal con la que juegan los gobernantes moviéndola a su antojo.

Si un pueblo deja pasar «su hora» puede que necesite siglos antes de que le corresponda volver a interpretar su melodía. Burgos, que parece colgado de las agujas del reloj de la Historia, ha dado tantas veces la hora, y siempre tan bien, que ha sido considerado como la «repetición» de la mejor sonería española, pues todo el mundo espera oír su acento cuando otras voces enmudecen.

Por eso estamos obligados a ser fieles a nuestro pasado. Que el tiempo, según el poeta, tiene color de noche y si nos dejamos envolver por él, podrá sonar de nuevo «nuestra hora» y no la oiremos. Y el tren del futuro, que no espera, seguiría inexorablemente su marcha, dejando descabalgados a los hijos del Cid.

Algunos relojes de Burgos

El reloj de «La Caja»

Da la hora y la temperatura, obligándonos a buscar ambos datos elevando la vista, que como siempre, es la que trabaja.

Sus registros -horas, minutos y grados- son como un guiño cuadrado que nos acelera, nos calma o nos hace sudar y nos hiela al compás de su silencioso tic-tac.

El reloj de la Caja de Burgos
El reloj de "La Caja"
Reloj de la plaza de Burgos
El reloj de la Plaza

El reloj de la Plaza

Normalmente anda bien, aunque a veces se descompone como si en su interior se celebrara un Pleno Municipal.

Si le observamos un poco, oiremos cómo proclama la Primavera, anuncia el Verano, languidece en Otoño y se retrasa a causa del frío en Invierno.

Es un reloj amable.

Tiene un hermano ciego que no marca las horas ni asusta a las palomas, porque  también es mudo. Pero es bello y recibe en su cara la luz del sol, que es su alegría.

El reloj del Hospital

¿Hará falta decir que es el Hospital del Rey?

Hora limpia y exacta la suya por la que se rige el discurrir del vecindario de este entrañable barrio burgalés que quiere pasar a ser sede de la Caridad a ser sede de la Sabiduría. ¿Sonará pronto la hora de la Universidad en el ojo esperanzado de su esfera?.

El reloj del hospital de Burgos
El reloj del Hospital
Reloj el morito en Burgos
"El Morito"

«El morito»

Bajo su redonda esfera se citan los novios refugiándose de la lluvia.

Huele a tierra mojada, a frío y a flor.

La cita concluye cuando las agujas besan la hora del encuentro.

El reloj de las Huelgas

Enseguida, sólo faltan dos años, sonará en el reloj del Monasterio la hora de su VIII Centenario.

El 2 de enero de 1187 el Papa Clemente III concedía Bula de aprobación de la Casa erigida por Alfonso VIII y su esposa Dª Leonor en Burgos. El 1 de junio deole mismo año, Era de MCCXXV, el referido Monarca otorgó Carta de donación del Monasterio a Dª Misol, procediéndose a la inauguración oficial de Cenobio.

El reloj de Huelgas en Burgos
El reloj de las Huelgas

La ciudad de la memoria. Burgos a través de la fotografía histórica (1833 – 1936)

Gonzalo Andrés López

Editorial Dos Soles, 2002