Plagas de la relojería – Los aprendices

Olivier van Deuren
Un relojero y su aprendiz. Autor: Olivier van Deuren (1666 - 1714); (Fuente de la imagen: www.meisterdrucke.es)

En las viejas revistas de relojería siempre se encuentran cosas interesantes: anuncios de relojes que ya no se ven por el mundo, procedimientos útiles en relojería, biografías de relojeros célebres, descripciones técnico artísticas de relojes singulares… y a veces, artículos sobre el relojero y su circunstancia (que diría don José Ortega y Gasset)

Este es el caso de un artículo publicado en el número 14 la Revista Cronométrica  Hispano – Americana, publicada en el mes de agosto de1902. ¡Hace ciento veintitrés años!

Se repite en otros números de esta revista el epígrafe Plagas de la relojería, dedicándose cada uno de ellos a aspectos problemáticos del quehacer del relojero. En este caso, la «plaga» trata de los aprendices.

aprendiz de relojero
(Fuente de la imagen: Revista Cronométrica Hispano-Americana, nº14, agosto, 1902)

Plagas de la relojería

Los aprendices

(Fuente: Revista Cronométrica  Hispano – Americana, nº14, agosto 1902; el autor —cuyo nombre desconocemos— firma el artículo con el pseudónimo: Minuto)

Todo arte requiere aprendizaje y el que lo aprende es aprendiz, siendo éstos necesarios si no se quiere que desaparezca el arte, al desaparecer los maestros que lo practican. Estas son verdades a lo Pero-Grullo que no necesitan demostración.

No es, pues, un mal para la Relojería el que haya aprendices. Si lo es, y gordo, la clase de muchachos que a su aprendizaje se dedican.

– ¿Para qué sirve el nene? — se preguntan muchas familias al llegar el momento crítico de darle una ocupación que le abra camino en la vida. — El, de si, es aficionado a tumbarse a la bartola, de corto entendimiento y pocas fuerzas, incapaz de un trabajo fuerte, intelectual y manual … pues ponerle a relojero.

¿Qué hacen los relojeros? Nada. Estarse sentados todo el día detrás de un mostrador, entretenidos, pasándose las horas en fruslerías de poca monta, que no fatigan el cuerpo, ni la inteligencia.

Esta es la opinión que de nuestro arte tiene el común de la gente y de tal errónea creencia nace el que, a quien no sirve para nada, le pongan a componer relojes.

Conocí a un muchacho de familia pobre, al cual, después de haberle metido en un seminario del que tuvieron que sacarle porque no podía con los libros, después de haber probado todos los oficios sin que para ninguno sirviera, ya grandullón pretendieron ponerle de aprendiz en una relojería.  Sucedió lo que era forzoso sucediera. El infeliz, que ni para recadero era útil, porque todo lo trabucaba, tuvo que marchar con la música a otra parte.

Revista cronométrica
(Fuente de la imagen: Revista Cronométrica Hispano-Americana, nº14, agosto, 1902)

Casos como este a docenas podrían citarse. Pero no escojamos el peor. Supongamos que el muchacho, sin ser un lince, tiene cierta dosis de sentido común, bien que maleado por una «mandritis» crónica que le aqueja un día si y otro también.

La familia, cansada de ponerlo a esto y lo otro sin provecho, ve abiertos los cielos cuando alguien dice: —¿Por qué no lo meten a relojero?— La bajada del Espíritu Santo en la Pascua de Pentecostés no produjo mayor emoción en los apóstoles, que estas salvadoras palabras producen en los atribulados progenitores de nuestro muchacho. Es el fiat-lux, la revelación divina que les saca del limbo en que estaban sumidos.

En efecto: el muchacho es gandul; pero los relojeros no trabajan. El muchacho no sabe de nada; pero ¿se necesitan muchos conocimientos para manejar el arco y la lima? Nada, nada; el chico será relojero. Y cátate a la familia en demanda de un taller en que falte un aprendiz para colocarle… ganando pronto. Porque este es el desideratum de todos los padres: que el chico gane, para ayuda de los gastos de la familia.

Ya tenemos al chico colocado, —porque nunca falta un roto para un descosido, ni un maestro de poco pelo para un aprendiz ignorante y sin malditas las ganas de trabajar,—y cátate al muchacho a vueltas con la relojería, arte de los más científicos, por no decir el más científico, sin saber las cuatro reglas de la aritmética, ni conocer de nombre siquiera la geometría y la física.

Bien es verdad que de lo que el aprendiz no sabe, la generalidad de los maestros no tienen siquiera rudimentos, y así sale de bien librado el arte, que de cosa racional con reglas exactas y precisas queda convertido en rutinario oficio mecánico.

Péndola cuerda automática
Péndola a cuerda automática; (Fuente de la imagen: Revista Cronométrica Hispano-Americana, nº14, agosto, 1902)

Va pasando el tiempo y el chico va aprendiendo el oficio, de la manera que se puede aprender cuando faltan las nociones más indispensables para su racional comprensión, y al cabo de más o menos años—pocos casi siempre, porque la familia tiene impaciencia o absoluta necesidad de que el muchacho satisfaga a sus necesidades con su trabajo,—queda convertido en oficial relojero, competente para estropear cuantas máquinas se le pongan por delante.

Decimos estropear y no exageramos. ¿Qué es lo que habrá podido aprender de un arte, basado todo él en reglas matemáticas, quien no conoce las elementales de la aritmética?

Concediendo mucho, si ha trocado por aplicación su natural inclinado a tumbarse a la bartola, todo lo más que habrá adquirido será destreza manual; se habrá convertido en una buena herramienta; pero, como ésta, ignorará el por qué, los fundamentos de aquello mismo que ejecuta a la perfección, y cuando se le presente una dificultad, un caso diferente de los que por práctica conoce, no sabrá resolverlo y cometerá las mil y una barbaridades.

Resultado, que una vez convertido en oficial… Pero esto merece capítulo aparte.

grabado relojería
(Fuente de la imagen: Revista Cronométrica Hispano-Americana, nº14, agosto, 1902)

¿Remedio a lo expuesto? En estas mismas columnas el Sr. Ferrer y Girbau lo formuló no hace mucho clara y categóricamente: que los relojeros no admitan como aprendiz a quien no esté al tanto de lo que constituye la enseñanza primaria en su grado superior; es decir, en lo que hace referencia a nuestro arte: aritmética, pero bien sabida; nociones de geometría, física, etc.

Y sobre todo, que no tomen por aprendiz al que no pueda justificar medios para pagar los años de aprendizaje, sin preocuparse de su manutención y fijar aquellos en un número conveniente.

Somos partidarios de abrir libremente todas las ramas de la humana actividad a quien quiera que sea. Pero creemos de absoluta necesidad limitarlo por lo que a la relojería se refiere, en el sentido expuesto, para que no se de el caso, frecuente ahora, de que a los dos años o más todavía de estar como aprendiz, un muchacho sobrado de presunción, o acosado por la necesidad, se de a si mismo la investidura de oficial, disparándose por esos mundos, estropeando relojes y desacreditando a la clase.

Demasiado numerosa es la clase de pseudo-relojeros, sin más conocimientos que los adquiridos de prisa y corriendo en un aprendizaje ridículo por lo corto y mal preparado: hora es ya de que se ponga remedio a la plaga, cortando el mal en su raÍz.

MINUTO